lunes, 29 de octubre de 2007

El juego aborrecido


Un encuentro con otro cuerpo:
olor a flores muertas,
caricias de ausencia,
a tu rostro oscuro de noche.

No estará tu dedo fabricando mi lágrima,
ni miradas ahuecándome el alma.
Ni caminos sin cunas al final;
en tu deseo:
el eterno principio de la ilusión postergada.

martes, 23 de octubre de 2007

¿Hasta qué punto sirve un taller de escritura literaria?

"El deber de cada uno es dar con su voz"
Cesare Pavese


El debate sobre la utilidad de la escritura es de larga data. Ya a fines del siglo XIX los parnasianos y simbolistas franceses mantuvieron esta discusión y sostuvieron que el arte, la escritura por tanto, no servía para nada, entendiendo que se habla de utilidad pragmática, si bien su utilidad era espiritual, es decir, la búsqueda de la belleza ha sido una de las mayores preocupaciones estéticas de los artistas a lo largo de la historia. Y el ámbito de los talleres de escritura literaria no ha quedado excluido de este fenómeno; en el que esta cuestión puede ser abordada, al menos, desde dos puntos de vista. El primero, depende del objetivo que persiga el taller literario. Si el objetivo del taller es incentivar la escritura creativa y fomentar el acercamiento a la lectura crítica o si la idea es formar escritores. Y el segundo punto de vista, es abordarlo desde lo que la modernidad ha dado a llamar el utilitarismo.

El utilitarismo afirma que los seres humanos deben actuar para producir la mayor felicidad del mayor número posible de personas, y pretende que esto es un método racional para la toma de decisiones morales. El principio utilitarista, para nuestros fines, a pesar de ser muy atractivo porque se refiere a la máxima felicidad de todo el mundo y esto parece razonable, no lo es, ya que exige cálculos imposibles para personas reales, no nos resulta, al caso, práctico. Ya que no es posible prever todas las consecuencias de todos los posibles actos individuales, sus efectos sobre todas las personas y la valoración de estas. ¿Acaso la felicidad puede medirse, cuantificarse, objetivarse, o compararse entre diversas personas?; no, definitivamente, ya que se trata de algo subjetivo y relativo. Los seres humanos reales actúan teniendo en cuenta su propia felicidad y la de los más próximos, pero no teniendo en cuenta la felicidad de todo el mundo. Las personas intentan de forma intuitiva maximizar su bienestar usando la información limitada de que disponen, mediante estimaciones tácitas, locales y parciales.


Ahora bien, retomando lo inicialmente planteado como posible punto de abordaje al tema en cuestión. Si el objetivo del taller es incentivar la escritura creativa y fomentar el acercamiento a la lectura crítica o si la idea es formar escritores. Pero ¿un taller de escritura literaria puede enseñar a “ser escritores”, a modo de fábrica? En rigor, este es un oficio que sólo se puede aprender a través de la práctica, con muchas lecturas y mucha perseverancia. Nadie puede enseñar a “ser escritor”, pero un taller sí puede ayudar a que cada participante descubra sus potencialidades en el mundo de la literatura.
En primer lugar, éste debe llegar a ser un espacio de creación. Es por ello que no es tarea fácil la del coordinador que aborda la ardua labor de construirlo, ya que necesita una fuerte convicción, apertura e inventiva. Es quién debe incentivar a sus alumnos a la búsqueda, exploración y descubrimientos permanentes; elementos todos ellos parte de un proceso para el que se requiere un esfuerzo sostenido y también una guía que acerque lecturas y actividades variadas, buscando romper lo uniforme, lo preestablecido, lo oficial, lo escolarizado.
Este tipo de talleres tienen como finalidad realizar una práctica con la lengua escrita, reflexiva y productora de significación. A esta práctica se la denomina escritura. Es decir, escribir, como acto inicial puramente subjetivo, es enfrentarse a los fantasmas que todo ser lleva dentro, una especie de comunicación interior que pretende la complicidad de uno mismo para alcanzar la de más gente, lectores que compartan una cosmovisión del mundo cercana a la que ideológica y estéticamente pueda tener uno.
El verbo escribir, como todas aquellas palabras que explican las actividades más nobles de los seres humanos, define una sola cosa: el hecho de reseñar el pensamiento. Se escribe por numerosos motivos: para convencer, para educar, para seducir, para engañar, para divertir, para negar el pasado, para justificar el presente... o para denunciar las argucias que atentan contra el sentido común. Siempre que se escribe se escribe para algo. Según Ducrot, el autor, en el discurso práctico busca imponer opiniones o conductas, dispone la información y los argumentos de manera que el lector sea persuadido pues aquél busca un fin ajeno al texto mismo.

Pero ¿con qué herramientas cuenta el coordinador de un taller de escritura literaria para lograr sus fines? La gama es amplia y variada. Ante la propuesta de escribir, el coordinador tiene como herramienta principal la consigna. La consigna puede impartirse sin saber teórico previo o ejercitación o con esto. Por un lado, el primer caso, parece el más apropiado; puesto que incitaría a cada alumno a recurrir a sus propias capacidades lingüísticas y literarias adquiridas previamente y a adoptar una actitud de compromiso personal frente a su texto. Las consignas, por ejemplo, que involucran textos, no deben proponer esos textos como modelos a seguir, sino más bien como materia que puede ser trabajada tal como se trabaja con la lengua misma; así, el texto inicia un trabajo que luego se realizará sobre él pero también a partir de él, de lo que él propone.
Por otra parte, la consigna puede centrarse en realizar un trabajo con uno de los niveles, categorías, aspectos o recursos de la lengua o de la literatura. Esto obligaría a operar rupturas, criticar y distanciarse de lo conocido para poder resolverlo, lleva a poner en marcha la creatividad y, de este modo, prepara al escritor a producir algo nuevo. Asimismo, el trabajo de taller debe respetar y desarrollar el imaginario de cada uno. No debe existir temas que indiquen aquello de lo que se pueda o no escribir. Así pues, ya sea el taller como grupo o individualmente va conformando una situación real de comunicación: existe un autor, un mensaje, un público. El texto producido constituye un verdadero acto de lenguaje.
En segundo lugar, debe poder ayudar a concientizar sobre la construcción de sentido; puesto que siempre hay una visión de la realidad implícita en todo texto, aún cuando el autor no se lo haya propuesto. Dónde se ayude a reflexionar sobre las circunstancias en las que nace, se desarrolla y concreta su producción, un taller de escritura para diferentes edades y que resultará muy útil a cualquier persona interesada en promover la lectura y la escritura.
Vale decir, uno puede tal vez preguntarse acaso con justicia ¿para qué escribir?, y esto en realidad es algo que nadie puede contestar. Nadie le está pidiendo a uno que se meta en el difícil camino de la escritura, que cuente historias. Pero de pronto hay algo, una materia sin forma que está dentro de nuestra cabeza y clama por ser llevada al papel. Todavía ni siquiera sabemos qué es. Sabemos que es algo, pero no comprendemos completamente su entidad. Se escribe por muchas razones: porque hay algo que uno quiere decir que a veces ni siquiera sabe qué es, o porque hay algo de lo que se quiere dejar constancia como un sentimiento o un recuerdo, o porque uno quiere demostrar una cosa, denunciarla u homenajearla, o para evadirse de la realidad cotidiana a una realidad metafórica o para permanecer en la realidad. El trabajo de la escritura es un trabajo profundamente motivador porque los alumnos encuentran en él un espacio donde expresar sus fantasías, sus deseos, temores, vivencias, conflictos, experiencias, obsesiones. Por ello, cuando se habla de expresión no debe pensarse en una catarsis, sino en ese rico proceso que se establece entre el sujeto que produce, la construcción de un texto, la lectura, las respuestas de su público y la nueva construcción.
A modo de ilustración, van aquí las palabras de Clarice Lispector, en La hora de la Estrella escribió: “Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días”.Michel Foucault, en Entre filosofía y literatura, en el capítulo La obligación de escribir, sostuvo: “Nerval es ante nuestros ojos, hoy, una cierta relación continua y dislocada con el lenguaje: de entrada, fue atrapado antes de que se diera cuenta por la obligación vacía de escribir. Los textos de Nerval no nos ha dejado los fragmentos de una obra, sino la constatación repetida de que hay que escribir; de que no se vive ni se muere más que de escribir”.
En tercer lugar, por lo que se refiere a lectura como instrumento fundamental con la que cuenta un escritor, es dable destacar que debe actuar como herramienta siempre presente tanto para quien coordina un taller de escritura literaria como así también para quienes acuden a éste. La lectura así como es herramienta de escritores es también el mayor estímulo para que un lector se vuelva un escritor. Lector y escritor son las dos caras de la luna: se trata de dos actividades alternas que dependen la una de la otra y que se retroalimentan. Hay muchos motivos para querer aprender a escribir, con esto queremos decir, aprehender las técnicas para contar una historia, sin duda uno de los motivos predominantes es la vocación, pero también está el efecto de contagio que logra la lectura —una lectura hecha con placer y de aquellas en que uno acaba lamentándose de que se termine el libro— en la cual el lector exclama: ¡Cómo me gustaría a mí escribir algo así! Cada uno de nosotros es una genealogía y un compendio de sus lecturas. Tal vez no seríamos las mismas personas si hubiéramos hecho lecturas diferentes a las que hicimos y sin duda no seríamos quiénes somos si no hubiéramos leído. También podemos afirmar, casi sin dudarlo, que antes se leía más porque había menos estímulos tecnológicos, por decir: la televisión, la computadora, los video-juegos, etc. Siempre hay otra cosa para hacer, en lugar de leer. No pasa por los estímulos que uno tenga fuera, sino por la efectividad con que actúe el estímulo a la lectura desde dentro. Citando a Marcel Proust, en su libro Sobre la lectura, dijo: “Mientras la lectura sea para nosotros la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro interior la puerta de estancias a las que no hubiéramos sabido llagar solos, su papel en nuestra vida es saludable”.
Recapitulando, el taller de escritura literaria nos reclama, tanto ya sea como coordinadores o como alumnos, al goce de dos prácticas entrelazadas: escritura y lectura; de un trabajo que produce significaciones nuevas del placer inherente a esa tarea y del saber que éste inevitablemente convoca. Un individuo que imagina es un individuo creativo, capaz de pensar por sí mismo. Si el imaginario no se cultiva y construye, se corre el riesgo de dejarse llevar por las ideas preconcebidas, los lugares comunes, las formas vehiculizadas por los grandes medios de comunicación que en definitiva lo esterilizan y lo encierran en el cuadro ideológico tradicional, donde terminará por fundirse y perderse.
Brevemente, el taller de escritura literaria es una de las situaciones reales de escritura que pueden ser organizadas ya sea en cualquier ámbito y que está dirigido a personas de todo tipo de edad. Una producción intensiva de escritos que correspondiese a las diversas demandas dentro de instituciones escolares, educacionales, en general, o artísticas, como ser: teatros, clubes, etc., formaría individuos capaces de responder con escritos a todas las situaciones sociales que lo requiera y a tomar conciencia de los imperativos que el contexto social impone a los distintos discursos. La sociedad moderna tiene una marcada escasez de espacios en los que se pueda debatir, construir pensamiento y a partir de allí modificar la realidad. Desde este punto de vista, el taller literario no tiene importancia en sí mismo, sino como espacio de reflexión y construcción de sujetos pensantes.